Carta del director

Entre los primeros recuerdos de mi madre hay uno que –por su potencial poético- siempre me ha fascinado. Y es que, según explica, el día de la patrona de Fuente de Piedra –municipio malagueño que la vio nacer–, algunos vecinos solían acudir a primera hora de la mañana a la iglesia del pueblo para observar como, a través del rosetón del coro, se colaba un rayo de sol que iluminaba directamente el rostro de la imagen de la Virgen de las Virtudes, ubicada en el altar. Una anécdota que me sirvió como inspiración para trazar, hace más de seis años, cuatro garabatos de lo que, con el tiempo, se convertiría en el argumento de Luz, el musical.

Cuesta creer que la criatura esté a punto de nacer. Y estaría mintiendo si dijera que el camino ha sido fácil porque, paradójicamente, también se ha visto enturbiado por momentos de oscuridad, en forma de desánimo, falta de inspiración o incluso malas pasadas tecnológicas. Pero la perseverancia y el apoyo recibido por parte de mi entorno han podido con ello.

Llegados a este punto, me resulta complicado describir la satisfacción que siento, puesto que, antes incluso de subir a ningún escenario, para mí Luz ya es un éxito: La conquista de un proyecto vital; la victoria de la determinación sobre la incertidumbre; el triunfo de la ilusión sobre el miedo. Y es precisamente esa ilusión la que se ha convertido en nuestro motor. El mío y el de todo un equipo de personas que, más allá de sus incuestionables aptitudes artísticas y profesionales, han demostrado gran generosidad al embarcarse en esta aventura. A todos ellos les agradezco inmensamente el haber contribuido a hacer de este sueño una realidad.

Aquí la tienen. Una historia de la que les hacemos depositarios con cariño. Háganla suya mientras ríen, se sorprenden, se emocionan. Y si les gusta, no duden en dar la voz. Porque esta Luz será tan clara y fulgurante como nosotros –y, por supuesto, también ustedes– queramos que sea.

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